Entrevista a Oscar Tenreiro Degwitz (1939)

Premio Nacional de Arquitectura 2002-2003

Publicado en la revista del Colegio de Arquitectos de Venezuela N 59.

12 de noviembre de 2011. Caracas. Sábado 9:00 am. Casa Oscar Tenreiro.

 

Oscar Tenreiro Degwitz nace en Caracas en el año 1939. Es un reconocido profesional y un docente de larga trayectoria en el país, aspecto que seguramente le hizo merecedor del Premio Nacional de Arquitectura 2002-2003. Tenreiro es un hombre crítico y poco conformista, de reflexiones y de ideas profundas, compartidas por unos y adversadas por otros. Su postura y su visión del entorno nacional, desde y hacia la arquitectura, han sido determinantes en su manera de entender y proyectar en nuestra geografía. Lejos de sus conocidas columnas de prensa, e incluso su página web, posee una serie de textos publicados y difundidos a nivel internacional.

Entre sus obras, encontramos proyectos formal y conceptualmente distintos entre sí, respuestas a lugares, a momentos culturales e históricos o a inquietudes y búsquedas personales. Quizá este modo actuar y de ver se evidencia si establecemos vínculos o comparaciones entre proyectos. Lo evidencian la serie de casas privadas, la Plaza Bicentenario y el Teatro del Oeste, o más tarde en el Gimnasio Cubierto y el Centro Integral de Atención al Atleta, el Ambulatorio del Barrio Las Minas en Baruta y recientemente las escuelas públicas de la Gobernación de Miranda.

Hoy, Oscar Tenreiro se mantiene activo participando como invitado en foros, universidades internacionales, escribiendo y ejerciendo la arquitectura, pero sobre todo realizando proyectos en los que siente que ha alcanzado un mayor grado de madurez y control. Nos atendió en su casa del Alto Hatillo y allí conversamos sobre diferentes aspectos relacionados con su origen, su formación y la docencia, el gremio y por supuesto la profesión. Sin embargo, y ante la cantidad de temas que se abren con cada respuesta, con toda seguridad, se necesitarían unas cuantas páginas más para desarrollar y profundizar sobre su vida y obra.

Hay una frase muy interesante del escritor francés Pascual Quignard que reza: “Nadie salta por encima de su sombra. Nadie salta por encima del origen” ¿Nos podrías comentar de dónde provienen esos dos apellidos y quiénes fueron tus padres?

 Mi padre, Jesús Tenreiro, era hijo de Lorenzo Tenreiro, un abogado cubano de origen gallego que, luego de las crisis que hubo a raíz de la guerra de España y Estados Unidos en Cuba, se vino a Venezuela a fines del siglo pasado. Su madre era de apellido Sirut, no tengo muy claro si era también de origen gallego. El apellido Tenreiro es de origen gallego, existe también en Cuba y en Brasil, donde incluso se le da gran valor  y se recuerda a un gran artesano y diseñador de muebles en Sao Paulo que se llamaba Joaquín Tenreiro. El viejo Lorenzo se vino a Venezuela y se casó con una mujer venezolana muy joven que se llamaba Julia Francia y tuvieron siete hijos. Mi madre se llamaba Cecilia Degwitz y provenía de una familia de origen alemán, radicada en Valencia (Venezuela), con una buena situación económica. Mi padre y mi madre eran muy venezolanos los dos. Eran de ese tipo de personas que asimilan una cierta sicología y un modo de ser de este país de modo muy natural.  Yo soy el cuarto de cinco hijos, el mayor era mi hermano Jesús, arquitecto también. Vivimos en Maracay un tiempo largo porque mi padre trabajó mucho en La Victoria y cuando tenía trece años nos vinimos para Caracas. 

¿De no ser arquitecto que otra profesión u oficio te hubiera interesado?

Como soy muy argumentativo no aceptaba lo que se me trataba de imponer desde que era niño. Prefería discutir para defenderme, y me decían que debía ser abogado, pero yo creo que hubiera sido un pésimo abogado. En algún momento de mi vida adolescente pensé en hacerme sacerdote, impulsado por motivos de carácter personal o místico, aunque quizá sea un poco exagerado usar ese término. En un momento dado, apareció la arquitectura en la familia por mi hermano Jesús. Me conecté con eso de una manera muy particular, con muchas dudas. Pero puedo decir que nunca tuve una inclinación hacia otra profesión, salvo mi amor intenso al mar y a la observación submarina que fue mi gran pasión adolescente.

¿Cómo era el ambiente y el perfil del estudiante de la FAU cuando cursabas arquitectura?

 En un porcentaje altísimo se trataba de gente que había caído allí por diversas razones, como pasa ahora. En mi caso, fue instrumental la presencia de mi hermano Jesús en la Facultad. En el caso de otros compañeros hubo situaciones similares, otros venían de ingeniería, etc. Creo que el ambiente que pudiéramos llamar “intelectual” de esos sectores jóvenes de entonces era bastante superficial, no era de mucha profundidad. Se trataba de un grupo de adolescentes sin muchas orientaciones, que se conectaban o no con lo que se pretendía enseñarnos y que en algunos casos pasaron tangencialmente mientras que otros se engancharon con el mundo de la arquitectura. Había una cosa que tal vez sí es distinta en relación a la generación actual, y es que la arquitectura en aquella época se veía muy ligada al mundo del arte, por lo que las preocupaciones en torno al arte en ese momento eran importantes, eran fuertes.

La revista Arquitectura Viva una vez publicó un texto de Souto de Moura que hacía referencia a Távora y Cendrars y decía lo siguiente: “El gran maestro es aquel que comparte sus problemas con sus discípulos. Es humilde en su ignorancia y por eso, tal vez por eso, se disponía a ayudar a quienes también le queríamos ayudar, los alumnos. A Távora le gustaba ser profesor. En las aulas, entre nosotros, el poder de la palabra era él mismo y lo que nos separaba era “el tiempo”, el lastre adquirido, el “oficio”. Como Cendrars, Távora decía que el único maestro, el único modelo, era la propia vida” ¿Crees en la relación maestro-discípulo durante la formación académica?

Sí creo en ella. Por cierto, en un tono más anecdótico: conocí a Távora. Tuve contacto con él dos veces en ocasiones distintas en España, y era una persona muy sencilla y muy humana. Siempre recuerdo una vez que me dijo con mucha gracia, que su hijo arquitecto que trabajaba con él, le decía: “Ay papá tú no sabes nada de eso”. Y él se reía de esa actitud juvenil que cuestionaba al más viejo. Por otra parte, recuerdo también su referencia conmovedora en una charla, sobre algunos momentos de su vida, cuando visitó la tumba de Frank Lloyd Wright. Era del tipo de personas que tienen una relación muy fuerte con la vida y a la vez con la profesión, personas que marcan mucho a un estudiante. 

Yo me considero deudor de Charles Ventrillón,  que no era profesor de arquitectura sino de dibujo.  Él me conectó con el mundo de mi expresión personal, porque yo me sentía muy cohibido en cuanto a las posibilidades que tenía. No dibujaba como mi hermano Jesús, que era un extraordinario dibujante, no lo hacía tan bien. Este hombre me liberó. Pero también nos hablaba de la vida y sobre todo del arte, de ese mundo un poco indefinido y para el que uno no sabe bien si necesita una preparación o no. No siempre el maestro está en tu profesión. 

Un caso muy interesante es el de L’Eplattenier y Le Corbusier. Villanueva, por ejemplo, llamado por muchos “el maestro Villanueva”,  pese a su cordialidad, era un hombre sumamente distante. No era una persona como la que describe Souto de Moura allí, él estaba muy lejos de eso.

¿Consideras que tienes discípulos?

Yo tuve la fantasía de que tenía discípulos.  Lo que ha pasado en Venezuela en estos últimos años con el chavismo, un fenómeno tan destructivo, tan mediocre, tan pobre y tan cargado de simplezas y absurdos, tuvo la virtud de romper varios mitos. En mi caso, uno de ellos era pensar que tenía discípulos que había formado por años en el Taller Firminy, fundado a partir de la investigación que hicimos de la experiencia de Le Corbusier en Firminy. Funcionó en la FAU durante casi veinte años, y en él había un grupo de personas que yo consideraba mis discípulos pero, hoy en día, cuando veo como proceden, no los reconozco. Aparte de eso, he experimentado un fenómeno muy particular: cuando te ubicas en una posición fuerte, como la que he tenido con respecto a lo que está pasando en Venezuela, se te cierran muchas puertas y los arquitectos, que siempre están pendientes de las puertas que se abren, porque dependemos mucho del poder, se ahuyentan. Todo ese mundo de supuestos discípulos se evaporó desde hace diez años. Te diría, y no en términos negativos, que en ese terreno fracasé, porque todo lo que traté de hacer, y sobre todo una cosa que siempre fue para mí muy importante como es la relación entre la arquitectura y una ética de la vida, un trasfondo, un escenario ético del vivir, se evaporó con la experiencia política de estos doce años.

¿Con qué idea y quiénes fundaron el Taller Firminy?

 Lo fundé a raíz de mi empeño en establecer una relación instrumental para la enseñanza con la obra de los maestros, con el Olimpo del mundo de la arquitectura de entonces. En algunos textos he hablado de una especie de “cuaternidad” integrada por Aalto, Mies, Corbu y Frank Lloyd Wright, personajes de generaciones diferentes y con características distintas. Frank Lloyd Wright fue el gran arquitecto americano, insisto en eso, porque más allá de su visión norteamericana, fue el arquitecto de América, del Norte, del Sur y del Centro, en virtud de su modo de afrontar la disciplina. Y el legado de Mies parecía estar dirigido específicamente a los Estados Unidos. Aalto, ahora lo veo mucho más claro, era una persona de más o menos la edad de Villanueva, que tuvo un desarrollo ligado a una libertad que venía de su formación cultural, de su origen finlandés, con una visión del diseño y del tema espacial muy libre de dogmas, análoga a la de Villanueva. Pero eran personajes culturalmente un tanto lejanos.

Sin embargo, el aporte que en mí tuvo la resonancia más profunda fue el de Le Corbusier, una figura con una importancia central. Aparte de su aproximación a la arquitectura, que abrió muchas puertas a un desarrollo libre, fue un artista, un humanista de pensamiento denso y profundo y un gran intelectual.  Es interesante darse cuenta como ahora, tantos años después de su muerte, se empieza a redescubrirlo luego de haber pasado por un periodo postmodernista que en los años setenta pretendió desconocer su valor. En un momento dado quise traer a Venezuela la exposición sobre la iglesia de Firminy, hoy felizmente terminada, en tiempos en los que se buscaban fondos para ello. Me enteré y me conecté con José Oubrerie, trajimos la exposición e hicimos todo un trabajo de preparación que fue el origen del Taller Firminy.

Eres actualmente profesor jubilado de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela ¿Cuánto tiempo ejerciste la docencia?

Treinta y tantos años, como treinta y tres o treinta y cuatro años.

¿Cuánto duró ese proyecto y por qué piensas que no ha sido heredado?

Creo que no ha sido heredado por razones de carácter ético. Si tú asocias lo que haces a una cierta visión y un proceder marcado por una moral y ésta se archiva, estás desechando lo fundamental.  Una de las cosas más interesantes de la herencia de Le Corbusier fue precisamente ese trasfondo ético, esa idea de que la arquitectura es un instrumento y no una mercancía. Hoy en día la arquitectura es una mercancía, la de los calatrava, los gehry o las hadid, por más que se les valore o se les den premios. Como yo creo que el esfuerzo del Taller Firminy estuvo conectado con una ética, en el momento en que se le quita eso ya no tiene sentido. En ciertas oportunidades me encuentro con alumnos que me dicen que recuerdan el taller, y pienso que está muy bien pero lo que quisiera ver es gente luchando por la arquitectura. No me interesa ver gente recordando sino luchando por hacer arquitectura. No hay mucha gente así hoy en día en Venezuela.

¿Te parece que el planteamiento de unidades docentes tiene vigencia en la actualidad?

La vigencia que le veo todavía, y que defiendo, es la de la autonomía.  Me comentabas hace un rato que te llamaba la atención que cuando tú proponías cambios sobre algún hábito docente, en ciertos casos, se te decía que había que esperar o que, por ejemplo, cuando se planteó el curso de Jesús Tenreiro se te advirtió que existía el peligro de que se convirtiera en un curso monográfico. Tú me decías: “¿y qué?”. Precisamente “¿y qué?” ¿Acaso un curso monográfico sobre Jesús Tenreiro no es enseñanza porque lo decide un coordinador o una autoridad académica? En el fondo, un curso monográfico sobre un arquitecto bueno o, incluso, sobre uno menos bueno puede ser un medio fantástico para estimular al alumno. Tú tienes que tener esa libertad y eso me parece que lo dan las unidades docentes. Hasta cierto punto, por supuesto.

¿No te parece que, desde ciertas espacios académicos, se ha transmitido al estudiante una falsa idea de que la arquitectura es producida por “seres inalcanzables” y quizá hasta arrogantes?

Esa es la visión actual de los arquitectos. Y las grandes personas de la historia no son personas intocables. Yo llamé una vez a Kahn por teléfono en Filadelfia y me atendió su mujer, le pasó el teléfono a él, le dije que quería verlo y me dijo que pasara al día siguiente por su oficina, de la manera más sencilla. Tuve una conversación fantástica con él. O más bien lo escuché atentamente. Hoy los arquitectos viajan en jet privado, como Foster que debe tener hasta guardaespaldas, aparte de sus tres mil empleados distribuidos en todas partes del mundo. Esa “inflazón” está ligada a la crisis de la economía mundial. Acabo de leer hoy un artículo sobre la Ciudad de la Cultura de Galicia de Eisennman, una arquitectura megalomaníaca y absurda, que dice que no hallan qué hacer con este edificio.  Algo harán porque es un país serio, no van a actuar cómo lo ha hecho Venezuela donde el Palacio de Justicia de Carlos Gómez De Llarena ha estado abandonado desde hace treinta años. Los gallegos tendrán que cargar con su Ciudad de la Cultura.

Pero lo que nos debería interesar de estas experiencias es su insensatez, alimentada por una visión equivocada de la arquitectura.

Hoy en día, Arquitectura es una de las carreras más demandas del país. Tanto en la institución pública como privada, se mantienen los programas de formación de hace décadas. La calle afuera se mueve muy distinto ¿Cómo enseñarías la arquitectura hoy?

Siempre pensé que la enseñanza de la arquitectura debe tener una relación muy estrecha con el mundo real en el sentido de ampliar el marco de lo posible. Eso implica conocer el sitio, conocer el lugar y lo que se hace, sus posibilidades.

Las limitaciones tecnológicas que hay actualmente en la industria de la construcción en Venezuela son fenomenales.  Se superan a duras penas en el mundo privado y muy poco en el mundo de lo público, gracias a situaciones coyunturales, pero estamos atrasadísimos. Los métodos de construcción aquí son primitivos, vas una obra y eso parece un campo de batalla: sucia, llena de basura y escombros. Se trabaja en condiciones peores a lo que se hacía cuando se realizó la Ciudad Universitaria, hace cincuenta años.

Venezuela es un país enormemente atrasado y nosotros los venezolanos tenemos que terminar de entenderlo para recuperarnos. Por supuesto que hay muchas razones para que esto sea así pero no nos va a ayudar ver revistas de arquitectura llenas de propaganda que muestran viviendas de lujo. Tampoco estar enterados de la última moda en Venecia que se vende aquí. Por eso creo que hay que conectarse con la realidad, con lo que existe, para mejorarlo y para ampliarlo. Mi visión en el Taller Firminy siempre fue esa. No creo en la imitación de una cierta arquitectura de éxito obsesionada  por una vestidura adaptada a los tiempos. Lo peor es que buena parte de lo que se hace en la FAU, que es la facultad que conozco más, está en esa línea.

Se escucha con frecuencia que mucha gente joven que emigra, luego de haberse formado en el país, tiene éxito profesional afuera ¿Nuestro problema de fondo entonces es la academia o el entorno nacional que recibe a los egresados?

Creo que es el entorno nacional y no la academia, porque allí siempre hay nichos y la clave es encontrar el tuyo. Hay estudiantes que se las ingenian por encontrarlo y consiguen estímulo. Tu experiencia en la Universidad José María Vargas fue así, tu creaste un nicho y ese nicho tiene vigencia y tuvo sentido y así se pueden lograr niveles buenos de eficiencia y madurez. Es curioso pero las soluciones de todos nuestros problemas no están fuera, están entre nosotros porque tenemos las condiciones. Nuestro entorno, lo repito, es atrasado, el medio está muy limitado por las condiciones en que se da el ejercicio, hay muy escasa producción. Así se hace muy difícil sistematizar y sacar conclusiones para ir sumando experiencia. Por un lado, la arquitectura privada está dirigida a un sector de alto costo manejado a base de amistades, influencias y afinidades. Por el otro lado, existe un sector público excluyente y lleno de inconvenientes. Hay muy poco no espacio para hacer.

¿Qué opinión te merece la figura del arquitecto-funcionario público?

Si un arquitecto decide ser funcionario y, lo hace teniendo en cuenta su posibilidad de ser instrumento para que se haga una arquitectura de valor, puede llegar a ser una persona clave. Voy a nombrar un caso latinoamericano importantísimo como lo es Lucio Costa.  Él fue un funcionario casi toda su vida. Costa le abrió la puerta a las cosas más extraordinarias de la arquitectura brasileña en su tiempo. 

Jesús Tenreiro una vez en un foro comentaba que “La Ciudad Universitaria carece de habitantes, tiene usuarios y esa horrenda palabra significa usar algo y desecharlo”. Si te tocara proponer un plan de rescate para la Ciudad Universitaria de Caracas (Patrimonio de la Humidad) ¿Cuáles serían los aspectos a considerar?

Jesús era muy amigo de frases tajantes sobre las cosas, que no necesariamente encerraban toda la verdad. También podríamos verlo de una manera diferente, las universidades tienen el problema de que sus habitantes son estudiantes que pasan por ella. Una universidad que es hoy de una cierta manera, dentro de cinco años es muy distinta. Es como El Río de Heráclito, uno nunca va a la misma facultad de arquitectura porque ese río está siempre moviéndose. Los que permanecen son los funcionarios, que son los más permanentes, junto a los profesores que sin embargo tampoco lo son. En realidad una institución educativa siempre carece, en cierta medida, de habitantes. Es decir, ese no es un problema único de la Ciudad Universitaria de Caracas.

Ahora, si yo tuviera que rescatarla ¿qué haría con ella?: Restaurarla, por supuesto, hacerle lo que se tiene que hacer.  Porque aparte de que no ha habido dinero, ha prevalecido un temor religioso a tocarla, como que si la arquitectura de Villanueva fuera intocable. Pero hay que hacer cosas, muchas cosas, para hacerla más utilizable, más viva. Creo, por otra parte, que está en un estado lamentable.

Hay gente que utiliza la Ciudad Universitaria los domingos, van al Aula Magna, pasean, etc. ¿No te parece que, por tratarse de un recinto claramente urbano, son posibles nuevos usos como cafés, alguna galería y algún parque que la active y la haga más segura esos días?

Sí podría ser y creo que eso estaba, en cierto modo, en la visión de Villanueva. La zona de la Plaza Cubierta es un lugar de acceso libre donde podría ir uno perfectamente los domingos, como dices, con los niños y pudieran disfrutar de esos patios y de los jardines. Lo que sucede es que cualquier cosa que quisiera hacerse en la Ciudad Universitaria, en el actual contexto, es imposible porque en los tiempos actuales estamos marcados por la parálisis. Se intenta siempre frenar todas las intenciones de hacer. Y por otro lado, se pretende hacer cosas a la fuerza evitando todo debate y todo examen, como está pasando ahora con el Museo de la Arquitectura.

Quizá se echa de menos que, en el grueso de tus textos, no se hable de los valores de la arquitectura nacional más joven ¿consideras que no los hay? ¿No hay generación de relevo?

No, sí pienso que la hay. Lo que sucede es que no he querido convertirme en un cronista. Tampoco me ha gustado la idea de ejercer como crítico. Lo hago en relación a figuras muy establecidas, sobre todo del exterior, buscando encauzar las preferencias de la gente más joven, que vean con un sentido más crítico la arquitectura del espectáculo. Eso me interesa mucho. Ahora, valorar, hacer notar lo que hace la gente más joven de aquí, no me atrae como ejercicio intelectual ni creo que soy el indicado para hacerlo. Pero creo que sí hay generación de relevo y muy buenos arquitectos jóvenes y menos jóvenes que tienen muy pocas oportunidades de trabajo. Ahora bien, no creo que la generación de relevo se exprese en los resultados del concurso de Abreu para las orquestas en Quebrada Honda. Tanto el primer premio como todas las menciones son trabajos muy flojos, con alguna excepción. Esa no es la generación de relevo, sin duda.

¿Piensas que Villanueva tuvo éxito en el campo gremial?

Él creyó en eso y lo potenció en la Sociedad Venezolana de Arquitectos pero era sólo un puñado de siete u ocho arquitectos. Después se separó. Era lógico por razones de edad o ni siquiera por eso sino por el cambio de los tiempos. Tuvo siempre muy buena relación con sus colegas. Fue objeto de envidias pero era una persona de relaciones cordiales con casi todo el mundo.

Desde tiempos de la Sociedad Venezolana de Arquitectos las cosas no han cuajado. Pareciera que ninguna generación ha sido capaz de sentar las bases para un cambio trascendental. Ustedes no recogieron de su pasado y, hoy, nosotros tampoco heredamos nada concreto ¿Qué ha pasado con el aporte al gremio por parte de los arquitectos?

Ese es un tema muy difícil porque los arquitectos tendemos siempre a ser muy negativos con respecto al gremio. Cuando se habla de “los otros” arquitectos somos muy destructivos, creemos que vamos mejor solos que acompañados.

Es muy importante que exista un Colegio de Arquitectos, un grupo gremial fuerte, especialmente para darle a la profesión solidez jurídica. El problema es que gran parte de la labor que han hecho los colegios no ha estado vinculada con ese objetivo. Durante la llamada “cuarta república”, el colegio estaba partidizado. Las Directivas buscaban sobre todo ser políticamente útiles, aún sin que se tuviera claro lo que eso implicaba.

Creo mucho en el trabajo gremial y pienso que debería estar orientado, junto al tema de fundamento jurídico, a potenciar los valores culturales de la profesión, claro, sin dejar  de atender la esfera comercial. Ha sido más bien lo contrario, ha prevalecido en la nueva etapa del Colegio la atención hacia la arquitectura comercial mientras que los contenidos culturales se han puesto en segundo término. Creo que lo cultural y lo jurídico debería ser lo primordial.

Chile y Colombia han mostrado avances significativos en materia de arquitectura contemporánea. Los chilenos con un acento mayor en lo privado y los colombianos en lo público. También lo han hecho Argentina, Brasil, Uruguay, Ecuador, Perú y México ¿Cuáles son las posibilidades reales de revertir la situación de la arquitectura en Venezuela?

La economía venezolana está estrangulada, depende del Estado como en todo país petrolero. Si en un Petroestado no se favorece a través de una política pública, en la calidad de la arquitectura va a haber estancamiento. Ningún país latinoamericano se parece, en ese preciso sentido, a Venezuela.  Y en todos ellos, con sectores privados que se han ido haciendo fuertes se han hecho cosas muy buenas. Mientras nosotros vemos logros muy limitados, tenemos pocas cosas que señalar. Se impone salir del hueco político en el que estamos, eso es fundamental.

En Lectura sobre la Ética, Wittgenstein dice:En lugar de decir que la ética es la investigación sobre lo bueno, podría haber dicho que la ética es la investigación sobre lo valioso o lo que realmente importa, o podría haber dicho que la ética es la investigación acerca del significado de la vida, o de aquello que hace que la vida merezca vivirse, o de la manera correcta de vivir” Mirando lo que tenemos construido alrededor ¿qué se entiende por arquitectura local?

Me gusta mucho que menciones a Wittgenstein porque su legado para mí ha sido fundamental en la reafirmación de ciertas cosas que intuitivamente habían ido tomando forma en mi conciencia. Esa visión de la ética que acabas de mencionar me interesa mucho porque es la vida, lo que él llama la manera correcta de vivir.

En relación a la arquitectura local, la entiendo como aquella que dialogue con el ambiente de la mejor manera, en el sentido del clima y de esas particularidades que tiene el vivir en el trópico. Ese fue el gran aporte de Villanueva, sobre todo en la Plaza Cubierta y el conjunto del Aula Magna, su obra más importante. Entre los arquitectos posteriores, Fruto Vivas en muchas de sus obras también logró eso. Trabajó con gran acierto la idea del plan libre, siguiendo la tradición de una segunda modernidad. Propone la casa como un sólo espacio que fluye en planta baja entre los distintos ambientes. En su obra, en su uso de los materiales, está Frank Lloyd Wright aunque tal vez no de modo consciente. Una condición  mucho menos presente en la arquitectura de Tomás Sanabria, que fue un arquitecto muy profesional y a la vez muy respetuoso de la cuestión climática pero que, me parece, no logró expresar en sus edificios esa suerte de “alegría de vivir”. Algo muy difícil de precisar, pero que lo sientes en algunos lugares como la Plaza Cubierta o, por ejemplo, en Sotavento la casa de Villanueva de la playa o la de Caracas. Caoma es una casa con detalles que a uno quizá no le interesan, pero cuando entras y ves el estar que se mira hacia el jardín, te engancha, te habla del goce de un medio ambiente.

Entender lo que implica vivir en este lugar del mundo y sus consecuencias en la arquitectura es muy importante, hay edificios que no son obras totales pero que hablan de eso. Yo me sentiría feliz si de alguno de los edificios que he podido construir tuviese fragmentos que pudieran reflejar esa idea. Este lugar donde estamos (mi casa) es uno de ellos, tengo que decirlo.

En el trópico, estamos acosados por un clima y a la vez favorecidos por él. Esto hace que la percepción de las cosas sea muy particular. La percepción de la arquitectura aquí no es la misma que se experimenta por ejemplo en Finlandia. El invierno y el pasar seis meses del año en oscuridad hacen que te fijes mucho en el detalle; su perfeccionamiento, se hace fundamental. En nuestro medio hay más libertad. Es una enseñanza presente en el legado de Villanueva. Una arquitectura hecha de gestos rápidos, a veces muy mal hechos, pero que sin embargo logran, en su  informalidad, darle valor al espacio, al conjunto.

Y quisiera recalcarte esto: los más jóvenes tienen la obligación de entender esa especificidad del vivir y estar aquí.

El refinamiento en la hechura y el grano fino, es una cualidad o un objetivo, más bien, ajeno al modo de vivir y estar en el medio tropical. No se nos da de modo natural.

El modo de vivir tropical es libre, informal, abierto, vinculado al gesto, a lo que se improvisa, al goce inmediato, rasgos que están en nuestra arquitectura histórica. 

El fotógrafo francés Cartier-Bresson definió como el “momento decisivo” aquel instante en que se alinea el ojo, la cabeza y el corazón para producir de manera óptima. Esa alineación posiblemente no tenga que ver con el azar o la casualidad ¿Siente Oscar Tenreiro que a sus 72 años está en su “momento decisivo”?

Yo he sido una persona, y lo he dicho en muchas oportunidades: de desarrollo lento. No fui un tipo brillante a los veinte años, he buscado mucho a base de prueba y error. En ese sentido, me identifico bastante con algunos arquitectos contemporáneos conmigo, no los voy a mencionar, del mundo venezolano no tanto pero del mundo internacional sí. Cada trabajo define para ellos una oportunidad de expresión propia de ese momento. No soy una persona que desde los treinta años tengo una visión de la arquitectura precisa que se fue desarrollando y se fue amplificando. Siempre fue un encuentro con el tema, una producción de respuestas y un esfuerzo por lograr que esto fuera expresado en el edificio terminado. Esto hace de cada trabajo algo especial, un avance en una dirección de búsqueda.

Creo que hoy en día (podría decir cualquiera que un poco tarde en la vida), tengo un impulso muy fuerte para construir una arquitectura. Esa ha sido una de las razones por las no quiero que mi actividad de escribir se transforme para mí en algo fundamental. Más bien, quiero que sea lo que ha sido: un esfuerzo de comunicación.  No sé si lo podré hacer, pero yo desearía poder construir más porque siento que he logrado madurar un lenguaje. No me ha sido fácil, he caminado por distintos mundos. Tuve una época en que me dejé influenciar mucho y me sumergí en una visión del momento. Con el tiempo he ido depurando, viendo las cosas desde un ángulo más reflexivo, más maduro.

¿Crees que en un contexto como el nuestro, donde hay tanta complejidad para aceptar la arquitectura como hecho cultural, producto de una política desenfocada, se pueden lograr proyectos que tengan nivel y cierta vocación para ser construidos?

 Ya rozamos este tema en otra de las preguntas y vale la pena ampliar lo que te sugerí. Vivimos en un Petroestado. Eso quiere decir un Estado dueño de la riqueza y un sector privado débil, a ratos mendicante. Y nuestra democracia ha sido y lo es hoy más que nunca, una caricatura. Ese contexto marca lo que se ha hecho y se ha querido hacer aquí en las últimas tres décadas. Y la arquitectura nace marcada por el contexto, lo sabemos.

Los pocos casos de obras de cierta importancia construidas por el Estado, controladas por el arquitecto, cualquiera sea su valor final, se iniciaron en tiempos menos deteriorados que los actuales, en las décadas de los sesenta, setenta o primeros ochenta. De allí en adelante la situación es lamentable: obras semi-terminadas, incompletas, mal equipadas, mal manejadas, o, lo peor, abandonadas. Los intentos de hacer planes de vivienda con presencia de arquitectos, fueron escaseando desde los sesenta, con contadas excepciones, hasta interrumpirse y quedar en manos de funcionarios y proyectos-tipo. Se hizo cargo un populismo político que le quitó autoridad al arquitecto e implantó una visión “de Estado” mediocre e incompetente.

Agrega a eso que entre nosotros aún no se acepta que el arquitecto tenga la Dirección Técnica de su obra. La tradición ha sido entregársela a otros profesionales, generalmente ingenieros. La consecuencia es que el proyecto se modifica, se altera, se irrespeta a voluntad del funcionario.

Esto que describo se ha empeorado significativamente en el ámbito de la acción pública en los últimos trece años de “gobierno revolucionario” y si se quisiera refutar esto, citando algunas excepciones, ellas han sido producto de manejos de una mafia arquitectónica favorecida del Alto Poder y por eso no merecen ser nombradas. Se creó en esos casos un nicho protegido de la presión que he descrito, pero de origen ilegítimo.

Y debo decir que en una situación como la nuestra los “nichos”, espacios para actuar de modo más independiente, son la solución para ir hacia un cambio. Eso sí, nichos legítimos, no de clientelismo sino impulsados por niveles de Poder democrático. Como los de las Alcaldías o Gobernaciones de oposición, que han entendido lo que significa la modernización y el papel de la Arquitectura. Eso ha permitido ciertos logros, modestos y limitados. Allí se le ha dado autoridad al arquitecto, se lo ha apoyado. La mala noticia es que eso ha ocurrido  en muy pocos casos: Chacao, Baruta y Miranda; lo que prueba que no es “la oposición democrática” la que tiene conciencia, sino personas concretas. Porque el populismo es una enfermedad grave, y en Venezuela endémica, tomará tiempo curarse.

Concluyo diciéndote que mientras ese impulso de modernización democrática, renovadora, no se haya establecido, será muy difícil que la arquitectura venezolana evolucione con vigor, que madure, que pueda expresarse. Ese impulso de cambio deberá venir desde la política, que tendrá que ser democrática. Es necesario entenderlo y afirmarlo.

¿Podríamos conversar sobre cuál ha sido tu experiencia profesional durante los últimos años?

 He estado el grueso de mi vida profesional buscando construir arquitectura institucional pública. Nunca se me dio la opción privada de modo sostenido. Fue esporádica. Hubo un tiempo a mediados de los ochenta en el que construí una serie de casas privadas que me abrieron un campo de experimentación. También tuve proyectos que los vaivenes económicos hicieron naufragar. En esa época tuve encargos públicos de interés, de los que se construyó la Plaza Bicentenario, una experiencia muy incompleta sujeta a toda clase de interferencias. También se construyó parcialmente el Teatro del Oeste, que estuvo abandonado veinte años y hace poco rehabilitaron de modo mezquino, sin mi presencia. Poco después hice proyectos públicos que no se construyeron (La plaza Candelaria, el Liceo Oviedo y Baños), encargados por la Alcaldía de Caracas. El Liceo es un proyecto que valoro mucho, un espacio educacional importante en un medio urbano denso como San Agustín del Sur. Y en esos mismos años logré construir unos proyectos muy modestos, realizados a medias con la Alcaldía de Puerto Ordaz: La Concha Acústica, la Biblioteca Pública de Vista al Sol y el Comedor Popular de la Zona Industrial. De toda esa etapa rescato fragmentos.

A partir de allí pasé muchos años, más de diez, sin construir nada hasta que, cuando el actual régimen político no había tomado el cariz actual, excluyente y abiertamente autoritario, Orlando Martínez, colega y antiguo estudiante, me llamó en 2002 para participar en los proyectos deportivos para los Juegos Nacionales. Allí pude construir el Centro de Asistencia al Atleta, un edificio que casi se llevó hasta su realización completa. Un “casi” que me produce inquietud porque me lleva de nuevo a la dificultad de ser arquitecto aquí. También fue muy interesante la experiencia de la estructura del Gimnasio Cubierto. La estructura solamente porque todo lo demás se hizo a medias y el edificio quedó incompleto. 

Ya en 2001 gracias a la intervención del fallecido William Niño la Alcaldía de Baruta en tiempos de Henrique Capriles me había encargado el Ambulatorio del Barrio Las Minas. Y en el 2005 se comenzó a construir gracias a la tenacidad del Arq. Octavio Salinas, y el interés personal de Capriles. Conté con un respeto que ha sido el mayor regalo de mi vida profesional y se pudo hacer una obra que, si bien es modesta, me enorgullece mucho. Y abrió la puerta para la actual experiencia de las escuelas de la Gobernación de Miranda. Una experiencia amplia y muy interesante, difícil como casi todo lo que aquí busca romper la rutina establecida, pero con resultados. Su calidad constructiva es mediana pero sienta sin embargo un precedente  de mucho valor futuro. Se han construido hasta ahora cinco y están construyéndose otras dos.

Podría hablar mucho sobre esto de las escuelas. Creo que la clave de haber logrado su concreción estuvo en que para las primeras cuatro se nos dio la Dirección Técnica y eso ayudó a superar muchos inconvenientes en la interacción con las empresas constructoras. Además de la dificultad de construir en zonas semi-rurales, sujetas a presiones sindicales absurdas, por más cercanas que estén a Caracas. Y lo que más me entusiasma es que a partir de ellas se rescata la idea de la presencia del arquitecto en la construcción institucional de nivel popular. En eso fue instrumental de nuevo Octavio Salinas, lo que me parece un verdadero triunfo que reabre puertas a nuestra disciplina.

Y concluyo con esto: a lo largo de esta entrevista casi no hemos hablado de arquitectura a propósito de mis edificios. Conversamos sobre las circunstancias en las que se da la arquitectura, de las dificultades, de la enseñanza, de los problemas gremiales, pero muy poco, casi nada de mis edificios. ¿No es eso característico de esta situación venezolana? Es verdad que el grueso de lo que he construido es incompleto, y por eso hablo de fragmentos. Pero aun así, debería ser posible hablar de las intenciones arquitectónicas en cada caso, o de los valores rescatables.

Ocurre que se conocen mis proyectos por, precisamente, fragmentos. Ninguno de ellos ha sido difundido y publicado “in extenso”. Sólo lo fue un proyecto, el de la Galería de Arte Nacional, en 1985 ¿No es eso propio de este medio tan hostil a la arquitectura?

 

Entrevista realizada por: Víctor Sánchez Taffur